Hoy voy a hablaros del huevo en todas sus acepciones, que son muchas, diversas y, algunas, lamentablemente, deplorables. Porque el huevo (ahí donde lo veis tan frágil, tan indefenso y tan delicado) además de ser un alimento muy completo (rico en proteínas, hierro y vitaminas A, B, D y E), es un recipiente de futura vida, un elemento fundamental para la Historia de la Humanidad, un ejemplo de la gran riqueza del léxico español y un ente filosófico: ¿Qué fue primero: el huevo o la gallina?
Pues según la cosmogonía griega, el huevo.
Zeus, padre de todos los dioses, nació del “Huevo Órfico”, el huevo cósmico representado con una serpiente enrollada en él. O sea, que al principio de los tiempos no había gallina. Había sólo un enorme huevo.
Cuestión zanjada.
En la mitología griega el huevo también aparece en mitos como el del nacimiento de los Dioscuros. Zeus, (que como sabéis se tiraba a toda mujer que se movía y al que le gustaba transmutarse más que a un Digimon), se transformó en cisne para aparearse con la bella Leda. Leda puso un par de huevos de los que nacieron los gemelos Cástor y Pólux y Helena de Troya. Sí, sí, la guapa que la lió parda al escaparse con Paris para al final regresar con su marido cornudo. ¿Qué? ¿Qué no os lo creéis? Pues decídselo a Homero. Yo no quiero saber nada de líos entre divinidades y humanos. ¡Dios (el que sea) me libre!
Existe otro huevo fundamental para la Historia de la Humanidad. Me refiero al “huevo de Colón”, protagonista de una anécdota (no sé si verídica) que cuenta como el navegante genovés-portugués-catalán (yo creo que era de Bilbao porque los de Bilbao nacen donde les sale de los huevos, nunca mejor dicho). Bueno, pues se ve que estaba Colón reunido con unos nobles castellanos, intentando convencerles para ir a las Indias en dirección contraria, cuando los retó a que consiguieran que un huevo, un simple huevo, se mantuviera erguido sobre la mesa apoyado únicamente en una de sus puntas. Los nobles lo intentaron una y otra vez, y nada, no lo consiguieron. Entonces Colón, que era muy cuco, cascó el huevo contra la mesa por la parte más redondeada y lo dejó ahí “clavaó”. Bueno, y a los nobles de la ancha Castilla también.
Dicen que gracias a este huevo, el navegante consiguió el favor de la reina, descubrimos América, masacramos a miles de personas, evangelizamos un nuevo continente, pudimos empezar a comer tomate, chocolate, pavo, maíz… Ah, y la señora Ayuso (siempre haciendo amigos) ha podido ir a tocarle los huevos a los mexicanos.
También son muy conocidos (y codiciados) los huevos de Fabergé. Son una colección de cincuenta y dos huevos de pascua decorados con oro y piedras preciosas, creados para la familia real rusa por el orfebre y joyero Karl Gustavovich Fabergé. Uno de ellos, el llamado “Huevo de Invierno”, se vendió el año pasado en una subasta por 30’2 millones de dólares (sí, sí, 30’2, he puesto bien la comilla). Yo, ¿qué queréis que os diga? Me conformo con los kinder, que son de chocolate (del que ando muy necesitada) y, además de llevar sorpresa dentro, también los hay de invierno y de verano.
Lingüísticamente hablando, el sustantivo huevo es uno de los más importantes de nuestro diccionario. El léxico español, rico y machista donde los haya, recoge infinidad de expresiones construidas con la palabra huevos. Cito sólo unas cuantas: Pisando huevos (lentitud), tocarse los huevos (no hacer nada, ser vago), hasta los huevos (hartazgo), huevón o huevazos (perezoso, indolente), poner los huevos encima de la mesa (dejar claro quien manda), costar un huevo (ser caro), tener huevos (valentía), con un par [de huevos] (ser valiente, no rendirse), tenerlos [los huevos] bien puestos (se dice de alguien que defiende una idea o decisión hasta el final sin ceder ni doblegarse). Y, por último, la frase mágica que consigue que todos los hombres sobre la faz de la Tierra (y los que orbitan la Luna) saquen sus dos cromosomas yy a pasear para demostrar que son capaces de todo. Pero absolutamente todo. Si quieres que un hombre haga algo, por muy descabellado que sea, sólo tienes que decir ¡NO HAY HUEVOS!
Y lo hará. De inmediato. Sin pensar. Y, a ser posible, antes que otro de sus congéneres.
Y precisamente eso, valor, es lo que me faltó a mí la semana pasada en una clase de Pilates. Iríamos más o menos por mitad de práctica cuando la monitora nos dijo “poned caja larga sobre el reformer, sentaos con la espalda recta, coged cintas para brazos y mirad a un punto fijo para no perder el equilibrio”. Y allá que voy yo y clavo la vista en un punto fijo: nada más y nada menos que el huevo derecho de mi compañero Rafa, que estaba justo frente a mí, y al que se le había salido parte del escroto por un lado de su minúsculo pantalón. Era un huevo (bueno, un huevillo) rojo, depilado y arrugado.
Yo no quería mirar, os lo juro, pero la vista se me iba a ese punto fijo. ¿Que queríais que hiciera? ¡Corría el riesgo de perder el equilibrio y caerme del reformer! ¡Y no iba a decirle allí en medio “Oye, Rafa, guárdate el huevo, por favor!” Igual se hubiese sentido un poco violentado, ¿no?
El caso es que ya no me pude concentrar ni en la respiración diafragmática ni en la pelvis impring ni en bajar los hombros ni en apretar los glúteos. Sólo veía el huevo de Rafa.
Y lo peor de todo es que ahora, cada vez que alguien menciona la palabra huevo, yo no pienso en una tortilla. Ni en el nacimiento de Zeus o Cástor y Pólux. No pienso en Colón ni en América. No pienso en Fabergé ni en los kinder de chocolate. Ni siquiera pienso en la gran riqueza de nuestra lengua, que me apasiona. Ahora, cuando oigo la palabra huevo a mi mente viene la imagen del huevo de Rafa, pequeño, rojo y “arrugaó”.

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