EL HUEVO DE RAFA.

Hoy voy a hablaros del huevo en todas sus acepciones, que son muchas, diversas y, algunas, lamentablemente, deplorables. Porque el huevo, ahí donde lo veis, tan frágil, tan indefenso, tan delicado, además de ser un alimento muy completo (rico en proteínas, hierro y vitaminas A, B, D y E) , es un recipiente de futura vida, un elemento fundamental en la Historia de la Humanidad, un ejemplo de la riqueza del léxico español y también un ente filosófico: ¿Qué fue primero: el huevo o la gallina?

Pues según la cosmogonía griega, el huevo.

Zeus, padre de todos los dioses, nació del “Huevo Órfico”, el huevo cósmico representado con una serpiente enrollada en él. O sea, que al principio de los tiempos, no había gallina. Había sólo un enorme huevo.

Cuestión zanjada.

En la mitología griega el huevo también aparece en mitos como el nacimiento de los Dioscuros. Zeus, que como sabéis se tiraba a todo lo que se movía y al que le gustaba transmutarse más que a un Digimon, se tranformó en cisne para aparearse con la bella Leda, quien puso un par de huevos de los que nacieron los gemelos Cástor y Pólux y Helena de Troya (sí, la guapa que la lió parda escapándose con Paris para al final regresar con su marido cornudo).

Existe otro huevo muy importante para la Historia de la Humanidad. Me refiero al “huevo de Colón”, una anécdota (no sé si verídica) que cuenta como el navegante genovés-portugués-catalán (que seguro era de Bilbao porque los de Bilbao nacen donde les sale de los huevos, nunca mejor dicho) demostró que una tarea que aparenta mucha dificultad puede resultar insultantemente fácil. Lo hizo retando a unos nobles castellanos que debían lograr que un huevo se sostuviera, por sí solo, sobre una mesa, apoyándose en una de sus puntas. Los lameculos de Isabel la Católica lo intentaron una y otra vez sin conseguirlo. Y Colón, que era muy cuco, cascó el huevo por su base más redondeada y lo dejó “clavaó”. Bueno, y a los nobles de la ancha Castilla también. Dicen que gracias a este huevo, el navegante consiguió el favor de la reina, descubrimos América, masacramos a miles de personas, evangelizamos un nuevo continente, pudimos empezar a comer tomate, chocolate, pavo y maíz… Ah, y la señora Ayuso (siempre haciendo amigos) ha podido ir a tocarle los huevos a los mexicanos.

Los huevos de Fabergé también son muy conocidos (y codiciados). Se trata de una colección de cincuenta y dos huevos de Pascua decorados con oro y piedras preciosas, creados para la familia real rusa por el orfebre y joyero Karl Gustavovich Fabergé. Uno de ellos, el llamado “Huevo de Invierno” se vendió por 30’2 millones de dólares en una subasta celebrada el año pasado. Yo, ¿qué queréis que os diga? Me conformo con los Kinder, que son de chocolate (dl que ando muy necesitada) y, además de llevar sorpresa dentro, también los hay de invierno y de verano.

En Barcelona hay un huevo muy famoso: “L’ou com balla”, que no es más que un huevo normal y corriente, de gallina, que se coloca, el día del Corpus, desde 1636, sobre el chorro de agua de la fuente del claustro de la Catedral. La fuerza del agua lo hace bailar sin que se caiga. Se supone que representa la sagrada forma (la hostia bendita, vamos) dentro de su custodia. Pero a mí me huele a que es otro de los ejemplos de como la Iglesia católica apostólica y romana se ha apoderado, una vez más, de un rito pagano y lo ha readaptado a sus intereses: el que celebra la primavera, conmemora la fertilidad de la diosa celta Ostara o el regreso a la tierra de la diosa griega Perséfone, después de pasar el invierno en el inframundo. Y es que todos sabemoslos curas son muy dados a hacer lo que se le antoja. Lo que le sale de los huevos, vaya.

El sustantivo huevo, lingüísticamente hablando, es uno de los vocablos más importantes. El léxico español, rico y machista donde los haya, recoge infinidad de expresiones relativas a los huevos. Cito sólo unas cuantas: Pisando huevos (expresa lentitud), tocarse los huevos (no hacer nada, ser vago), hasta los huevos (estar harto), huevón o huevazos (perezoso, indolente), poner los huevos encima de la mesa (dejar claro quien manda), costar un huevo (sinónimo de caro), tener huevos (expresa valentía), con un par [de huevos] (también se refiere a echarle valor, no rendirse), tenerlos [los huevos] bien puestos (se dice de alguien que defiende una idea o decisión hasta el final sin ceder ni doblegarse). Y, por último, la frase mágica que consigue que todos los hombres sobre la faz de la Tierra (y los que orbitan la Luna) saquen su dos cromosomas (yy) a pasear para demostrar que son capaces de todo. Pero absolutamente todo. Si quieres que un hombre haga algo sólo tienes que decir ¡NO HAY HUEVOS!

Y lo hará. Sin pensar. De inmediato. Y, a ser posible, antes que otro de sus congéneres.

Y precisamente eso, valor, es lo que me faltó a mí la semana pasada en una clase de Pilates. Iríamos más o menos por mitad de práctica cuando la monitora nos dijo “poned caja larga sobre el reformer, sentaos con la espalda recta, coged cintas para brazos y mirad a un punto fijo para no perder el equilibrio”. Y allá que voy yo y clavo la vista en un punto fijo: nada más y nada menos que en el huevo derecho de mi compañero Rafa, que estaba justo frente a mí , y al que se le había salido parte del escroto por el lado de su minúsculo pantaloncillo. Era un huevo (bueno, un huevillo) rojo, depilado y arrugado. Yo no quería mirar, pero la vista se me iba a ese punto fijo. ¿Qué queríais que hiciera? ¡No podía desviar la vista para no perder el equilibrio! ¡Y no iba a decirle allí enmedio “Oye, Rafa, guárdate el huevo!” Se hubiese sentido violentado, ¿no?

El caso es que ya no me pude concentrar ni en la respiración diafragmática ni en la pelvis impring ni en bajar los hombros ni en apretar los glúteos. Ya sólo veía el huevo de Rafa.

Y lo peor de todo es que ahora, cada vez que alguien menciona la palabra huevo, yo no pienso en una tortilla, ni en el nacimiento de Zeus, Cástor, Pólux o Helena. No pienso en el huevo de Colón ni en Fabergé ni en los zares rusos. No pienso en los huevos kinder ni en los huevos de Pascua ni en la diosa Ostara. No pienso en la riqueza del acervo español. Ahora cada vez que oigo la palabra huevo, a mi mente viene el huevo de Rafa, pequeño, rojo y “arrugaó”.